Pocos saben el verdadero origen de la música popular en el siglo XX, algunos creen que la semilla la sembró Elvis, otros piensan que los negros afroamericanos chocaron con irlandeses y se creó la chispa y otro piensan que toda la morralla que nos venden en las radio difusoras comerciales es mejor que lo que escuchaban nuestros abuelos.
Si es verdad que la música popular fue creada (como bien dice la palabra) en la calle, la música que hacía la gente en sus ratos libres sin ningún pretexto que el de pasar un rato agradable. Si es verdad que en la Norteamérica de finales del siglo XIX y principios del XX esa amalgama de culturas (italiana, griega, irlandesa, afroamericana, nativos americanos) fue el caldo primigenio de lo que hoy nos puede gustar.
Pero antes de que naciera Elvis y empezara a mover el mundo a ritmo de sus caderas hubo un “personaje” en el cono sur que volvió locas a nuestras bisabuelas con su melodiosa voz y su sonrisa arrabalera: Carlos Gardel.
Poco se sabe de sus orígenes, él mismo dijo que “nació en Buenos Aires a los dos años y medio”, nunca dejó claros sus orígenes, unos dicen que es el francés Charles Gardes, que hispanizó su nombre, e incluso uruguayo, cosa que corroboró alguna noche de borrachera en alguna fiesta de la alta sociedad de Los Ángeles.
Lo bueno de la música popular es que cualquier persona puede crearla, no hace falta prácticamente formación y todo el que sepa rasguear una guitarra o dar dos golpes sobre una caja es músico, por ello el señor Gardel se rodeó en un principio de un selecto grupo de músicos en su tiempo libre, que cuando bajaban del cajón limpiaban zapatos, servían mate e incluso boxeaban por dinero.
Gardel empezó a despuntar en los locales de tango, una música muy moderna que salía de pútridos locales de la Calle del Arrabal de Buenos Aires. Lo bueno de este estilo musical es que no necesitaba de un gran número de músicos cualificados, sólo bastaba buscar un español con una guitarra (andaluz si pudiera ser) y un alemán con un bandoneón para poder acompañar su cálida voz. A veces también acompañaba algún italiano al contrabajo o a la percusión. Así nació el tango, en el Arrabal, con un Gardel de porte pusilánime sobre unos cajones de madera apilados en un rincón mientras cantaba entre el humo de los cigarrillos y los tragos de alcohol.
Pronto esa música popular de clase baja fue adoptada por la alta sociedad porteña, y al joven Gardel le llegó la oportunidad de empezar a interpretar en salas más grandes, con un público más entregado, más atento y más selecto; ya no más el subirse a un cajón mientras la gente chilla y él haciendo el esfuerzo en chillar más para que la gente lo oyera. Las giras por Latinoamérica no tardaron en llegar; los modestos estudios de grabación de Buenos Aires o Montevideo fueron sustituidos por grandes estudios de grabación en Hollywood, donde se podía permitir hacer sesiones de grabación por pistas y poder repetir tomas tantas veces como hiciera falta. No es raro que gracias a su voz y su porte pronto las chicas estadounidenses cayeran a sus pies y no le dejaran andar por la calle, donde llegó a aparecer en películas con taquillazos increíbles. De todos es sabida la hazaña en Nueva York donde conoció a un argentino de 8 años que le sirvió de guía, Astor, gracias a él Carlos pudo conocer la Gran Manzana y poder pasar desapercibido por calles poco concurridas.
Años más tarde, una noche el bandoneonista cayó enfermo y no podía dar la gala por la noche, y Carlos le preguntó a Astor si conocía a alguien que pudiera sustituirle, ofreciéndose Astor a tocar con el maestro, que quedó fascinado con su interpretación y facilidad con el instrumento. Gardel le ofreció una gira bien pagada por Colombia y Venezuela, pero al ser menor de edad el debía pedir permiso a sus padres, que se negaron a mandar a un niño con un grupo de músicos por el mundo. Suerte tuvo Astor de no subir en ese avión donde Gardel y todos sus músicos perdieron la vida (luego escribiría que prefería tocar el bandoneón en la tierra sólo a tocar la lira en el cielo con el maestro Gardel). Ese niño llegó a ser el genial Astor Piazzolla, el mejor bandoneonista de la historia.
El día que murió Gardel murió la chispa, pero afortunadamente no murió el tango, y lo mejor es que dejó una clara influencia en la música de hoy día, haciendo hueco en el panorama internacional a la música cantada en castellano. Todos los 24 de junio, día de su muerte, el mundo llora a Gardel, especialmente en Buenos Aires, Montevideo o Medellín.
Las canciones de Gardel están llenas de sensualidad, de amor, de fechorías, de gamberradas por las calles, historias de gente humilde que trabaja, se enamora, tiene hijos y muere en una casa sin lujos, criados o joyas. Canciones de amor a la madre, a la familia, a la pareja, a los hijos, a salir adelante por ellos, a darles pan que echarse a la boca, a los buenos amigos, los amigos fieles con quien puedes contar en momentos amargos, con los que puedes emborracharte por las calles, porque, el tango nació en la calle, y la calle nos dio a Gardel para disfrutarlo, y lo disfrutamos tanto que se mando una grabación suya en la nave Voyager, que seguro algún día escuchará otro tipo de vida inteligente que se emocionará con “El Zorzal Criollo”.
Carlos Gardel – Tomo y Obligo
Carlos Gardel – El Día Que Me Quieras
